Resumen
En este Ángelus, el Papa León XIV nos recuerda la importancia de mantener vivo el patrimonio de la piedad popular y de encomendar a María la oración por la paz en el mundo. Nos invita a ser testigos del Señor Resucitado en medio de las dificultades. Podcast creado por igles-ia.es
Ideas clave
Agradecimiento a los fieles y delegaciones presentes, resaltando la unidad en la celebración del Jubileo de las Cofradías.
La presencia espiritual del Papa Francisco desde el cielo refuerza la comunión de los santos y la continuidad de la Iglesia.
Se recuerda la beatificación del sacerdote Camille Costa de Beauregard, ejemplo de caridad pastoral.
Se clama por la paz en zonas de conflicto, destacando las dificultades en Gaza, Myanmar y Ucrania.
María, como Estrella del mar y Madre del Buen Consejo, es un signo de esperanza y se le pide intercesión para la paz y el consuelo.
Frases destacadas
“Imploremos por su intercesión el don de la paz, el auxilio y el consuelo para los que sufren”
“Desde la “barca de Pedro” contemplémosla a ella, Estrella del mar, Madre del Buen Consejo, como signo de esperanza”
“En la alegría de la fe y de la comunión no podemos olvidarnos de los hermanos y hermanas que sufren a causa de las guerras”
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Al final de esta celebración , los saludo y les doy las gracias a todos ustedes, romanos y fieles de tantas partes del mundo, que han querido participar.
Expreso mi gratitud en particular a las Delegaciones oficiales de numerosos países, así como a los representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales y de otras religiones.
Dirijo un cordial saludo a los miles de peregrinos que han acudido de todos los continentes con ocasión del Jubileo de las Cofradías. Queridos hermanos, les agradezco que mantengan vivo el gran patrimonio de la piedad popular.
Durante la Misa sentí fuertemente la presencia espiritual del Papa Francisco, que desde el cielo nos acompaña. En esta dimensión de comunión de los santos recuerdo que ayer en Chambéry, Francia, fue beatificado el sacerdote Camille Costa de Beauregard, que vivió entre finales del siglo XIX y principios del XX, testigo de una gran caridad pastoral.
En la alegría de la fe y de la comunión no podemos olvidarnos de los hermanos y hermanas que sufren a causa de las guerras. En Gaza, los niños, las familias y los ancianos supervivientes están pasando hambre. En Myanmar, nuevas hostilidades han destruido vidas inocentes. La atormentada Ucrania espera por fin negociaciones para una paz justa y duradera.
Por eso, mientras encomendamos a María el servicio del Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia universal, desde la “barca de Pedro” contemplémosla a ella, Estrella del mar, Madre del Buen Consejo, como signo de esperanza. Imploremos por su intercesión el don de la paz, el auxilio y el consuelo para los que sufren y, para todos nosotros, la gracia de ser testigos del Señor Resucitado.