Ángelus 10 de agosto de 2025 · Semana del 4 de agosto de 2025

Ángelus, 10 de agosto de 2025

Resumen

En este Ángelus, el Papa León XIV nos invita a reflexionar sobre cómo invertir el tesoro de nuestra vida mediante la generosidad y el amor. Nos exhorta a emplear nuestros dones para el bien de los demás y a no dejar que se devalúen, pues en la misericordia reside la verdadera riqueza. Podcast creado por igles-ia.es

Ideas clave

  • Invertir el tesoro de nuestra vida en obras de misericordia y generosidad, no en acumulación material.

  • El amor y la misericordia transforman y ennoblecen nuestra existencia, haciendo que nuestras capacidades sean un capital vivo.

  • Las obras de misericordia son el banco más seguro, donde incluso los pobres pueden ser ricos en vida eterna.

  • Confiar en María como guía para ser centinelas de misericordia y paz en un mundo dividido.

  • Rezar por el fin de las guerras, apoyar la paz en Armenia y Azerbaiyán, y atender la crisis en Haití con responsabilidad internacional.

Frases destacadas

“Nos exhorta, por tanto, a no guardar para nosotros los dones que Dios nos ha dado, sino a emplearlos con generosidad para el bien de los demás.”

“El don de la vida, recibido de Dios, no se nos entregó para terminar así, sino que necesita espacio, libertad, relación, para realizarse y expresarse.”

“Las obras de misericordia son el banco más seguro y rentable al que confiar el tesoro de nuestra existencia, porque en él, como nos enseña el Evangelio, con “dos monedas” incluso una pobre viuda puede convertirse en la persona más rica del mundo.”

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Leer el texto íntegro del documento
Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo. En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a reflexionar sobre cómo invertir el tesoro de nuestra vida . Dice: «Vendan sus bienes y denlos como limosna» . Nos exhorta, por tanto, a no guardar para nosotros los dones que Dios nos ha dado, sino a emplearlos con generosidad para el bien de los demás, especialmente de quienes están más necesitados de nuestra ayuda. Se trata no sólo de compartir las cosas materiales de las que disponemos, sino de poner en juego nuestras capacidades, nuestro tiempo, nuestro afecto, nuestra presencia, nuestra empatía. En resumen, todo aquello que hace de cada uno de nosotros, en los designios de Dios, un bien único, inapreciable, un capital vivo, palpitante, que para crecer requiere ser cultivado y empleado, porque si no se seca y se devalúa. O bien termina perdido, a merced de quienes, como ladrones, se apropian de él para convertirlo simplemente en un objeto de consumo. El don de la vida, recibido de Dios, no se nos entregó para terminar así, sino que necesita espacio, libertad, relación, para realizarse y expresarse; necesita amor, que es lo único que trasforma y ennoblece cada aspecto de nuestra existencia, haciéndonos cada vez más semejantes a Dios. No es casualidad que Jesús pronuncia estas palabras mientras está de camino hacia Jerusalén, donde se ofrecerá a sí mismo en la cruz para nuestra salvación. Las obras de misericordia son el banco más seguro y rentable al que confiar el tesoro de nuestra existencia, porque en él, como nos enseña el Evangelio, con “dos monedas” incluso una pobre viuda puede convertirse en la persona más rica del mundo . San Agustín, a este propósito, dice: «Si dieses una libra de bronce y la recibieses de plata, o la dieses de plata y la recibieras de oro, te considerarías feliz. Lo que das se transforma realmente; se convertirá para ti no en oro ni en plata, sino en vida eterna» . Y explica por qué: «se transformará, porque te transformarás tú» . Y para entender lo que quiere decir, podemos pensar en una mamá que abraza a sus hijos, ¿no es la persona más hermosa y rica del mundo? O también dos novios, cuando están juntos, ¿no se sienten un rey y una reina? Y podríamos poner tantos otros ejemplos. Por eso, en la familia, en la parroquia, en la escuela y en los lugares de trabajo, en cualquier lugar donde nos encontremos, intentemos no perder ninguna ocasión para amar. Esta es la vigilancia que nos pide Jesús, habituarnos a estar atentos, dispuestos, sensibles los unos con los otros, como Él lo está con nosotros en cada instante. Hermanas y hermanos, confiemos a María este deseo y este compromiso. Que ella, la Estrella de la mañana, nos ayude a ser, en un mundo marcado por tantas divisiones, “centinelas” de la misericordia y de la paz, como nos ha enseñado san Juan Pablo II y como nos han mostrado de una manera tan hermosa los jóvenes que han venido a Roma para el Jubileo.