Resumen
En este Ángelus, el Papa León XIV comparte una reflexión sobre las Bienaventuranzas, esas luces que Jesús enciende en la historia para revelar el proyecto de salvación del Padre. Destaca que la verdadera felicidad se encuentra en Dios, en los humildes, los pobres y los que buscan justicia y paz. Un mensaje de esperanza y fe que nos invita a seguir el camino del Señor. Podcast creado por igles-ia.es
Ideas clave
Las Bienaventuranzas revelan el proyecto de salvación de Dios, que valora a los pobres, afligidos y misericordiosos.
La felicidad verdadera no se compra ni se obtiene con objetos, sino que se comparte en relaciones y en Cristo.
Jesús ilumina la historia con esperanza, especialmente a los descartados y perseguidos por el mundo.
El Papa invita a orar por la paz en Cuba, víctimas de conflictos, desastres naturales y por la tregua olímpica como símbolo de fraternidad.
Los eventos deportivos como los Juegos Olímpicos son oportunidad para promover la paz y gestos de diálogo entre naciones.
Frases destacadas
“Sólo Dios puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos, porque Él es el sumo bien que se da a todos con amor infinito.”
“En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad.”
“Las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón.”
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En la liturgia de hoy se proclama una página espléndida de la Buena Noticia que Jesús anuncia a toda la humanidad: el Evangelio de las Bienaventuranzas . Estas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo.
En el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que está escrita en los corazones, ya no en la piedra; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo parezca fracasada y miserable. Sólo Dios puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos , porque Él es el sumo bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia , porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna. Sólo en Dios encuentran alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón , porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» .
Estas Bienaventuranzas son una paradoja sólo para quien considera que Dios es diferente de como Cristo lo revela. Quien espera que los prepotentes sean siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido ante las palabras del Señor. Quien está acostumbrado a pensar que la felicidad pertenece a los ricos, podría creer que Jesús sea un iluso. Y, en cambio, la ilusión está precisamente en la falta de fe en Cristo; Él es el pobre que comparte su vida con todos, el manso que persevera en el dolor, el que trabaja por la paz y es perseguido hasta la muerte en cruz.
De este modo, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos. El Hijo mira al mundo con el realismo del amor del Padre; en el lado opuesto están, como decía el Papa Francisco , «los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza» . Dios, en cambio, da esta esperanza sobre todo a quien el mundo descarta como desesperado.
Queridos hermanos y hermanas, las Bienaventuranzas son para nosotros una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan. De hecho, es “a causa de Cristo” y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos. Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción.
Las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón . Por eso pidamos la intercesión de la Virgen María, sierva del Señor, que todas las generaciones llaman bienaventurada.