Resumen
En este Ángelus, el Papa León XIV nos recuerda cómo el testimonio de San Pedro y San Pablo revela la capacidad de renovación y amor de Dios en la historia. Nos invita a valorar la comunión, el servicio y la misión de la Iglesia, hechos posibles por la fuerza del Espíritu Santo. Podcast creado por igles-ia.es
Ideas clave
San Pedro y San Pablo representan la unión en la diversidad y el testimonio de la fe en Cristo.
La sangre de los apóstoles revela el amor de Dios y la capacidad de renovación de la Iglesia en Roma.
La misión de los cristianos es seguir el ejemplo de los apóstoles, llevando el Evangelio a todos los rincones del mundo.
La comunión en la Iglesia requiere reconocimiento de las diversidades y servicio mutuo en el Espíritu Santo.
La intercesión de los santos patronos ayuda a fortalecer la fe, la unidad y la misión de la Iglesia en el tiempo presente.
Frases destacadas
“El testimonio de estos dos Apóstoles es casi un sello del Nuevo Testamento.”
“Su sangre revela hasta dónde llega el amor de Dios que el Señor Jesús nos ha dado.”
“El Evangelio de Cristo, por así decirlo, echó raíces en Roma, manifestando precisamente aquí, en la capital del imperio, su capacidad de renovación.”
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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Celebramos hoy la solemnidad de los santos Pedro y Pablo , patronos de Roma. Esta fiesta recuerda el vínculo originario que une, en comunión de fe y de caridad, a la Iglesia que está en Roma con todas las demás Iglesias del mundo.
El testimonio de estos dos Apóstoles es casi un sello del Nuevo Testamento. La sangre que derramaron en esta ciudad revela hasta dónde llega el amor de Dios que el Señor Jesús nos ha dado. Sí, por su palabra y su martirio, el Evangelio de Cristo, por así decirlo, echó raíces en Roma, manifestando precisamente aquí, en la capital del imperio, su capacidad de renovación: un nuevo conocimiento de Dios y de la infinita dignidad de todo ser humano, una nueva experiencia de la fuerza, no como dominio, sino como servicio a la vida.
También hoy el Señor, muerto y resucitado por amor, se hace presente en sus testigos; llega a los centros y a las periferias, a las capitales y a las regiones más remotas, con las voces, los rostros y las decisiones valientes de quienes han respondido a su invitación: “¡Sígueme!”. Así, este día de fiesta nos involucra en la misión de Pedro y Pablo, es decir, en la misión de Jesús mismo. Dios confía en nosotros, que somos pecadores perdonados por Él, en nosotros, que no somos perfectos, para que brille en nuestras historias su gracia y se revele su fuerza, que transforma el mal en bien.
Queridos amigos, quizá Pedro y Pablo no podrían haber sido más distintos el uno del otro. Distintos por procedencia, por formación, por carácter; no sólo antes, sino también después de haber sido llamados, y su único Señor no los uniformó. El Evangelio es comprendido y anunciado por cada uno de ellos con un acento específico; y el Espíritu Santo, inspirando a los autores bíblicos, quiso que no se ocultaran sus divergencias, que de hecho se nos narran como una buena noticia. En el colegio de los Apóstoles, Pedro y Pablo no fueron, sin embargo, adversarios. Al contrario, llegaron a ser casi el símbolo de muchas otras diversidades que el único Espíritu compone en unidad. Así, los patronos de la Iglesia de Roma vivieron el trabajo intenso de la comunión, la conocieron, la sirvieron y la anunciaron como sacramento de la vida divina. Su testimonio contribuyó de manera determinante a que la presencia cristiana en la historia esté orientada no al dominio, sino al servicio, a la unidad y a la reconciliación.
Que el Señor nos conceda, por intercesión de los santos Pedro y Pablo, apreciar cada vez más la catolicidad de la Iglesia, reconocer su valor al servicio del encuentro fraterno entre las personas y los pueblos, evitar todo lo que desgasta o hiere la comunión, perseverar en el camino ecuménico y en el diálogo atento y franco con todos.
María, Reina de los Apóstoles, proteja siempre al Pueblo de Dios, en Roma y en el mundo entero.