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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!
¡La paz esté con ustedes!
Excelencia Reverendísima: Distinguidas Autoridades: Reverendos Capellanes: ¡Queridos hermanos y hermanas!
Han venido a Roma y, en cierto sentido, con ustedes han venido también los demás elementos de sus unidades. Al darles la bienvenida, extiendo mi saludo a todos los miembros —cristianos y no cristianos— del Ejército, de la Fuerza Aérea, de la Armada, de la Guardia Nacional Republicana y las Fuerzas de Seguridad Pública de Portugal. De manera especial, a la luz de Cristo resucitado, recuerdo a los dos jóvenes militares del Ejército que, el viernes pasado, perdieron la vida mientras, generosamente, como el buen samaritano, se detuvieron en el camino para prestar ayuda: los encomiendo al Señor, junto a sus familias.
Fue pensando en el bien de todo el cuerpo de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, de sus miembros y de sus respectivas familias, que hace sesenta años se instituyó el Vicariato, el cual en 1981 asumió el nombre de Ordinariato Castrense e, incluso hace veinticinco años, tuvo a su primer obispo. Por lo tanto, han querido venir a Roma para conmemorar precisamente este aniversario. Que el Ordinariato, dando su inestimable contribución al bien espiritual y al conocimiento de los valores cristianos, continúe siendo un espacio de colaboración constructiva con las autoridades estatales, gubernamentales y militares.
Para quien cree en Cristo, la peregrinación a esta ciudad representa una ocasión única de renovación personal, reconociendo la centralidad de Dios en la propia vida y fortaleciendo la fe a través de la oración ante la tumba del Apóstol Pedro. Cada día, a cada uno de ustedes se le confía la noble misión de defender la soberanía de la Patria y el Estado de derecho, tutelando la seguridad de sus conciudadanos y protegiéndolos de las injusticias. Quisiera, por tanto, repetirles esta exhortación de san Pablo: “Fortalézcanse en el Señor […] Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad, y vistiendo la justicia como coraza. Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de Paz” .
Sean fuertes en el Señor como el centurión que, en Cafarnaúm, se acercó a Jesús. Él conocía bien los valores que guían su vida: la obediencia, la disciplina, la abnegación, la lealtad, el compañerismo, la dedicación, la responsabilidad y el valor. Al mismo tiempo, aquel militar sentía la necesidad de Dios; sabía que el ser humano no se basta a sí mismo, sino que aspira a algo más, a algo que lo trasciende. Al tener un siervo que sufría terriblemente, se acercó a Jesús, quien le aseguró que iría a sanarlo. Por eso le respondió: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solo di una palabra y mi siervo quedará sanado. Porque yo también, que soy un subordinado, tengo soldados a mi cargo y le digo a uno: “Haz esto”, y él lo hace» . En esta actitud se puede observar cómo el centurión consideraba importante la jerarquía y cómo esta dimensión de su vida cotidiana lo llevó a interpretar la relación con Jesús de Nazaret, a quien profesa como su Señor, como su Dios. Maravillado por tales palabras, Jesús dijo: «En verdad les digo que en nadie en Israel he encontrado una fe tan grande» . Si, por un lado, este militar era consciente de su autoridad, por otro, ante el Hijo de Dios demostró la fuerza de la fe y el valor de la humildad. De hecho, el ser humano, por mucha responsabilidad que tenga, por mucho poder que ejerza, por muy irreprochable que sea, siempre tiene hambre de infinito y sed de eternidad. Ahora bien, el infinito y la eternidad están a nuestro alcance en Jesucristo: son un don del Señor.
Excelentísimo Reverendísimo, muy queridos capellanes, la Iglesia les confía el crecimiento espiritual del personal militar y de las fuerzas de seguridad de su nación. Acojan a todos, escúchenlos, ilumínenlos con la sabiduría de la Palabra de Dios, permanezcan a su lado actuando en nombre de Cristo en la celebración de los sacramentos, acompañen a cada uno de ellos sin olvidar a sus familias. De este ministerio específico de ustedes se cosecharán los frutos del crecimiento personal en la práctica de la vida cristiana y del fortalecimiento del esprit de corps de las Fuerzas Militares y de Seguridad a las que sirven. Gracias por la cercanía que, como buenos pastores, ofrecen a quienes desempeñan un servicio tan importante, especial y exigente por el bien de Portugal y más allá. Su testimonio de amor por la Iglesia y por el país es un bálsamo que consuela y da esperanza.
Y, por último, deseo expresarles a todos ustedes que han venido hasta aquí mi estima, mi aprecio y mi reconocimiento por la labor que realizan en el Ordinariato. Que Nuestra Señora de Fátima los acompañe en sus diversas misiones, tanto en Portugal como en el extranjero. Que la alegría del Señor sea su fuerza. ¡Que Dios los bendiga!
Gracias.