Leer el texto íntegro del documento
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
La paz esté con ustedes.
Señoras y señores
Me complace darles la bienvenida al Vaticano, en Roma. ¿Son todos cardiólogos del Curso de París sobre Revascularización? Ustedes representan a quienes se dedican a promover el avance de la ciencia y la práctica de la cardiología intervencionista. Les agradezco su visita durante este Jubileo de la Esperanza , un año en el que toda la Iglesia levanta la mirada hacia el Señor, que renueva las fuerzas, reaviva el valor y nos enseña a esperar incluso en medio de la fragilidad humana.
Su trabajo se encuentra en la encrucijada entre la ciencia, la compasión y la responsabilidad ética. La Iglesia afirma constantemente la vocación de la investigación científica, que abre a la persona humana a la verdad y a un servicio más profundo al bien común . Ustedes encarnan este espíritu cada vez que tratan de sanar el corazón, tanto en sentido físico como metafórico, dando alivio a quienes sufren y esperanza a sus familias.
De hecho, el «servicio a la vida» es la base de todo acto médico auténtico, ya que refleja la ternura con la que Cristo mismo se acercaba a los enfermos y a los vulnerables . Su amor inquebrantable inspira la dedicación que ustedes demuestran a través de la investigación, la formación y las delicadas intervenciones que preservan la vida. Cada latido del corazón confiado a su cuidado les recuerda que la vida es un don, siempre un misterio que hay que venerar. Por lo tanto, les animo a que sigan promoviendo un espíritu de colaboración global, a que compartan generosamente sus conocimientos y a que garanticen que los avances en los tratamientos sigan siendo accesibles para todos, especialmente para los pobres y los marginados.
Con estas breves reflexiones, encomiendo su trabajo al Sagrado Corazón de Jesús, médico de almas y cuerpos. Que su organización siga siendo un faro de esperanza, iluminando la profunda unidad entre la excelencia científica y el servicio a la humanidad. Gracias, y que Dios los bendiga con sus dones de valentía, perseverancia y alegría.
Si se ponen de pie, invocaré la bendición de Dios sobre todos ustedes y estaré encantado de saludarlos a todos personalmente. Después podremos tomarnos una foto de grupo.
El Señor esté con ustedes. Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca con ustedes para siempre. Amén.